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Mitos y Leyendas: La creación del Irazú

La Leyenda del Irazú se trata de una promesa de amor eterno en la cual los protagonistas se vuelven a abrazar de una manera sorprendente.
2023-12-05T14:29:51+00:00
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Shutterstock, El Irazú
  • Mitos y Leyendas te comparte la leyenda del Irazú.
  • Es una historia que manda el mensaje de que el amor verdadero es eterno.
  • Su forma de reencuentro es una que se repite una y otra vez y que encanta a quien conoce la leyenda.

Bajo la plateada luz de la luna llena, una noche tranquila abrazaba a una pareja de enamorados en la orilla de un apacible riachuelo.

Ella, la frágil, esbelta y dulce hija del cacique. Él, un guerrero ágil, alto y fuerte, conocido por su destreza en la caza y su temerario espíritu en el campo de batalla.

La luna, testigo de su amor, velaba sus planes, sus desafíos y su pasión. Sentados juntos, con manos entrelazadas, prometieron amor eterno mientras escuchaban el silencioso susurro de la apacible noche.

De repente, el silencio se vio perturbado por el crujido de una rama quebrándose dolorosamente. El guerrero se levantó rápidamente, empuñando su afilado puñal, pero el inquietante sonido no se repitió.

Una noche alegre en el pueblo

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La armonía de la calma nocturna regresó, y una suave brisa transportó el aroma de las fragantes flores silvestres.

La aldea, con sus pequeñas y numerosas chozas, el imponente palenque y el majestuoso templo al Dios Sol, seguía despierta. Las familias se reunían en sus chozas alrededor de fogatas chispeantes, compartiendo historias y risas.

En el templo, un solemne silencio reinaba mientras la estatua de piedra en honor al Sol reflejaba las llamas rojizas de una antorcha perpetuamente encendida.

En el palenque, los líderes de la tribu escuchaban las leyendas de los héroes locales, narradas por un servidor del templo del Sol, cuyo tambor resonaba con furia cuando la historia se volvía peligrosa o heroica.

El gran sacerdote

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El viejo cacique, sentado en un lugar destacado, escuchaba atentamente. Su rostro, marcado por las huellas del tiempo, brillaba como si estuviera hecho de bronce, iluminado por las llamas amarillentas de la hoguera, expresando una intensa serenidad.

Como un felino que entra en su guarida cuando no enfrenta peligro, el gran sacerdote ingresó al palenque, arrogante y silencioso. Se acercó al jefe patriarcal y comenzó a susurrar su relato.

Ninguno de los presentes pudo escuchar con claridad las palabras del sacerdote.

El rostro del anciano, que había estado sereno segundos antes, comenzó a cambiar rápidamente de expresión.

El descontrol se apodera de la noche

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Las llamas, como primitivos reflectores, iluminaban su transformación: disgusto, apatía, interés leve, atención profunda, sorpresa, tristeza, enojo, cólera, furia.

El cacique se levantó lentamente. El narrador detuvo su relato de inmediato. El gran sacerdote, con sus pequeños y refulgentes ojos negros, se apartó del cacique.

El anciano se dirigió hacia el templo con paso lento pero firme.

Frente al monumento al Sol, rasgó sus vestiduras y clamó con profundo dolor:

El Gran Sacerdote pide castigo para su hija

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«¡Oh Dios todopoderoso, Sol inmenso! Vengo en este triste día a pedir clemencia para nosotros y un castigo ejemplar para aquel que ha desobedecido tus inflexibles mandatos.»

«Mi propia hija, insensata, ha amado durante mucho tiempo a un guerrero de la tribu de cazadores, enemigo de nuestra raza y religión. Te ruego que castigues su pecado sacrílego y maldigas al miserable infiel.»

El cacique continuó suplicando, primero con voz sonora y fuerte, y luego con gritos poderosos que resonaron en toda la aldea.

El Dios escuchó. Con su mano omnipotente, tomó a la dulce y enamorada joven, transformándola en una suave, blanca y vaporosa nube que adornó por primera vez el cielo de Costa Rica.

El Irazú despierta

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El Dios vengativo no tocó al valiente guerrero. Él murió de soledad, jurando luchar eternamente por reunirse con su amada.

Como era costumbre, el guerrero intrépido fue enterrado en la llanura con rituales y ceremonias que honraban sus méritos y rangos.

Sus amigos abandonaron el lugar rápidamente, dejando su cuerpo en la tumba como guardián de su juramento eterno.

Esa misma noche, la tumba rompió la monotonía de la llanura y comenzó a crecer.

El Irazú cumple la promesa

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Con un esfuerzo titánico, se convirtió en un túmulo, luego en una duna, y gradualmente en una loma, después en una montaña, hasta convertirse en el imponente Irazú, gallardo centinela de la llanura. El juramento se había cumplido.

En las mañanas frías, la nube blanca y vaporosa abraza cariñosamente al gigantesco Irazú.

El guerrero viril estaba disfrutando eternamente de su amor, un vínculo que ni el omnipotente Dios del viejo cacique pudo romper.

Mitos y Leyendas se despide de ti por el momento, pero antes de eso te expresa las gracias por tu apoyo. Esta historia fue tomada de la referencia Castro, G. (1957).

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